El viaje de Luisa

Cuando Luisa llegó del viaje, descargó la mochila en la caja fuerte de sus sueños. Nadie supo exactamente dónde estuvo, pero Luisa nunca más volvió a llorar. Comenzó a bailar al caer la noche, porque recordaba la esencia de su viaje. Él atesoraba las leyendas de todos los itinerarios.

Luisa nunca llegó al final del viaje. Esperó a que llegara solo y se encontró a las puertas de
su paraíso perdido, para encontrarse. Se perdió mil veces en el recorrido. Sus mapas eran de aire,
los planos de agua, las señales… el vapor de su respiración.

Cada mañana se repetía ante el espejo: “No volveré a ser la misma tras mi retorno”. Salió de su casa
en busca de respuestas al misterio y volvió con mil preguntas. Hacía la comida con productos de
su cosecha y el sol le devolvía la mirada. Sus ojos brillaban con la verdad y se cerraban con
las respuestas. Aprendió a nadar entre las sílabas de todos los idiomas.

Se sumergió en los mares de todas las incertidumbres y guardó entre sus dedos la fe de las caracolas en las mareas. Conoció al hombre de sus sueños. Dormía plácidamente en el bosque de lo imposible.
Él llevaba un montón de versos en el bolsillo de los misterios. Su maleta estaba llena de kilómetros de poemas. Luisa le abrió su bolso y le mostró el cofre de lo increíble. Él no supo leerlo y se marchó al
país de la desolación.

Ella adora el caos. Dice que el caos es la vida. Adora la vida por su desorden. Sin embargo, sabe que en el fondo de ese caos laten las leyes matemáticas de la naturaleza. Lo sabe, pero mantiene la incógnita en el cuenco de sus manos. Nadie conoce a Luisa, pero adoran cada vez que surcan el iris de sus ojos. Alguien me relató su historia y aún tengo prendido el halo de su música. Sé lo que me han contado. Y,
yo, envuelto por la música que desprende el halo de Luisa, busco un viaje como el suyo.

Informa: Alberto Vicente

Imagen: Natalia Pumarega

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