Alguna vez
el mar y el ónix
de nuestras miradas
se encontraron.
Como una blanca profecía
me acechan,
fundidas en el verde oscuro de
los bosques,
en el azul cristal de los
arroyos,
y en el amarillo lumbre de los
girasoles.
Tatuadas en el musitar de la
brisa,
mientras mariposas navegan
en hilos de sol
tejiéndose con el matiz de la
nostalgia.
Al observar el infinito labrado
de turquesa
indago el enigma de tus pupilas,
tatuadas en la textura de su
color.
Apago mis ojos,
el pincel de mi sueño
delinea tu rostro
en lienzo de espumas flotantes,
donde lágrimas de ángel fluyen
portando la divinidad de tu
mirada,
que alguna vez
se encontró con la mía.
Informa: Zulema Bustamante Castro
