Ebriedad en el puerto

Los hombres de mar tienen acuosos los ojos
de tanto devorar océanos.
Bajan a puerto, descontrolados por las
ansias de suelo firme
o de una marea de luces y placeres
desbordados.
Se malgastan en ron y en el instinto ebrio
de un placer alquilado a medianoche.
Apagan la noche con la añoranza
y un regurgitar de cantos sin nostalgia.
Y parten, como siempre.
¿Qué queda? Nada.
Excepto el rezago del tiempo gastado
y la acidez temprana
—Que llaman resaca—
De no saber el destino final.

Informa: Enrique Patiño

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