Sufría de esa soledad despiadada,
entre atardeceres verdes,
en un medio tejer de sueños rotos.
Existía un quehacer ferviente,
y le inquietaba una sumergida angustia,
que debiera proclamar deidad,
o tal vez, la más sencilla huella escrita,
eso es.
Gritaría desde esa turbia corriente,
si de verdad implorara cambios,
y agradecido realmente, no verter
el chorro que ensucia el mundo interior,
invadiendo poros.
La ensoñada adoración, no alcanza
diariamente,
la pose serena, en mis dudas camufladas,
que solo mi verdad desmiente,
reaviva y apacigua,
desplegando sus alas las palabras,
sobre mi cabeza inquieta, y ya aseada.
Informa: Julián Martínez
