Hueles a tormenta, a tierra mojada, a sal y a embriaguez.
Contemplad los altos promontorios del fin del mundo.
Finisterre del conocimiento, cabo de los ocasos y los crepúsculos.
Allí donde las aguas son pobladas por el delfín y el cachalote,
y Hércules tuvo su décima prueba letal.
Detened vuestro periplo en la tierra gaditana,
de bellos amaneceres y playas de ensueño.
Perfumad vuestros sentidos, y emocionadlos de placer.
Porque es emporio de luz,
enclave de mundos, piafar
de vida…
Una brisa auroral refresca el rostro.
Brotan las sensaciones del corazón
y el alma, ebria de vértigos y de soles,
desecha las bridas y acelera las pulsiones,
pariendo relámpagos, ufana de luz y de vida.
Armonías por doquier, crisol donde locura y
magia pujan sobremanera.
Riquísimas vegas, fértiles bahías, feraces puertos,
tierra plena de afabilidad, culmen y cima del gozo.
Una vivísima metáfora es tu gente,
cosas muy derechas y elevadas en su caletre,
dulce maravilla, pincel dulce con el que pintar tus riberas.
Soy pequeño cuando me coges de la mano
y me llevas por tus calles de júbilo, y populosas.
Me deleito en tus fiestas, mas también con el sudor
menospreciado.
Y vivo una fantasía
incomparable, porque estás conmigo.
¡Viva la Cádiz de los confines, mirífica y extraordinaria!
¡Azúcar en los sentidos, miel densa y jugosa!
¡Vivan el sur y sus ritmos inefables!
Informa: Daniel Mateos
Imagen: Emmanuel Abril
