La casa de campo

Salí por la parte trasera de la casa, recorrí el césped  perfectamente cuidado que más de una vez me había tocado segar y salté la valla de granito, forrada de hiedra.

Mi salto precipitado por la zona más oscura de la parcela, hizo que me enganchara en la reja formada por lanzas de hierro bien afiladas, me desgarrara el pantalón y me produjera un rasguño   poco profundo en el muslo de la pierna derecha. Cojeando y       sangrando llegué hasta el coche, abrí con urgencia la puerta, conecté las llaves y apretando el acelerador de mi jeep salí del aquel maldito lugar al que había llegado la tarde anterior.

Mientras conducía por la autopista, despejada a estas horas de la madrugada, pensaba que el trabajo estaba hecho. Mal hecho en realidad. No había salido tal y como lo teníamos planeado. Jorge había actuado con precipitación, no se había ajustado al plan.

Falló en la previsión del contenido de la caja, menos del esperado; en la fuerza y la pistola de nuestro suegro, al que mi cuñado   abatió con su escopeta, dejando el lugar lleno de sangre y huellas. Nuestra discusión,  despejar todo aquello, limpiarlo, simular un   robo con violencia.

Demasiadas cosas para una noche. Sabía cómo reaccionaría mi      cuñado. Lo conozco muy bien después de tantas cacerías juntos y no es de las personas que se conforme. Él llega siempre hasta el final y lo quiere todo. No iba a resignarse con su parte del botín. Quería también la mía. Y a poder ser cargarme con el muerto y acabar    conmigo como testigo incómodo. Mi huida era una prioridad.

Tenía que curarme la herida que seguía sangrando. Paré en un área de servicio. Saqué el botiquín y me limpié la zona. Apliqué cuatro o cinco tiritas de aproximación para evitar que el roto fuera a mayores. Me  vendé,  cambié el pantalón sucio por uno de los de repuesto que siempre llevaba y listo. Salí del coche y me acerqué al bar. Pedí un bocadillo de jamón, una cerveza y un  café bien  cargado. En el servicio me lavé a fondo las manos para retirar los restos de sangre seca. Oriné y al salir, en el espejo, vi el imponente físico de Jorge vestido con su traje de    camuflaje. Su mirada iracunda trató de anularme. En su mano derecha  sujetaba con fuerza el machete que llevaba en las batidas de caza, con el que había desollado al viejo.

Me encerré en el retrete y esperé, subido sobre la taza, el fuerte patadón con el que sabía iba a derribar la puerta. Al tumbarla, desprendida por la fuerza de sus botas, disparé tres veces sobre su enorme cabezón y en segundos cayó abatido, aferrándose a mis pies. Sabía que me perseguiría, pero no que iba a  alcanzarme tan pronto. Él no contaba con que yo me había quedado con el arma de nuestro suegro, mientras él arrojaba el cadáver al interior del pozo de la casa de campo.

 

Informa: Alberto Vicente Monsalve

 

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